Ceremonia
de Entrega de Premio Jorge Millas 2004
Palabras de Galardonado Sr. Luis Eduardo González-Fiegehen
Salón Jorge Milla, 20 de septiembre de 2004
Quisiera compartir en con ustedes en forma muy sencilla y franca lo
que me ocurrió cuando el Rector me comunicó que habían
decidido honrarme con el premio Jorge Millas.
En primer lugar, tuve un sentimiento de gratitud muy grande con la
Universidad, con su Rector Carlos Amtmann, con Gladys Cepeda, la Decano
de Filosofía y Humanidades, Facultad que había hecho
mi postulación, y con toda la comunidad académica que
es en definitiva la que da respaldo y prestigio a este premio.
En segundo lugar, un poco de angustia porque hace mucho tiempo que
para esta fecha tenía comprometido un taller con profesores
de la Universidad de Valparaíso, a los cuales no podría
cumplirles y no les podía avisar porque la Universidad estaba
cerrada por vacaciones. Finalmente cuando logre avisarles lo entendieron
y se arregló todo.
En tercer lugar, me surgió la inquietud y la necesidad de reflexionar
acerca de ¿Por qué me entregan a mí este reconocimiento?
He tratado de buscar respuestas y quiero compartir con ustedes las
que a mí me han surgido.
La primera respuesta emerge de mi compromiso y mi amistad con la Universidad
Austral con la que he desarrollado muchas actividades por muchos años.
Entonces, me surgieron en forma muy vívida muchos y muchos
recuerdos, de personas, de anécdotas, de aprendizajes compartidos,
que son parte de mi propia historia, pero que son también parte
de la historia de la Universidad; y permítanme compartirlas
porque adquieren sentido en estos momentos que celebramos su cincuentenario.
Cómo no recordar la Comisión de Tecnología Educativa
y Currículo del Consejo de Rectores cuando, a comienzos de
los años 70, pensábamos con gran idealismo en compartirlo
todo y en crear una universidad generosa, abierta a todos, comprometida
y al servicio de toda la sociedad. Para ese entonces la tecnología
educativa, precursora de lo que es hoy la informática educativa,
se vislumbraba como una herramienta necesaria. En esa época
me tocó trabajar con Luisa Becker y María Angélica
Rodríguez con quienes hasta hoy nos unen fuertes lazos de amistad.
Posteriormente, se incorporó Alberto Cristoffanini, gran maestro
y amigo y no puedo dejar pasar esta ocasión y rendirle aquí
un sentido Homenaje.
Perdóname una pequeña digresión, pero quiero
contarles una anécdota que lo refleja tal como era. Lo fui
a ver al hospital, pocos días antes que falleciera, ya estaba
totalmente ciego. Yo iba preocupado y pensaba encontrarlo muy deprimido.
Pero grande fue mi sorpresa cuando al escuchar mi voz me preguntó
¿Luis Eduardo, cómo les fue en el seminario que estaban
preparando? Yo quisiera tener esa generosidad y ese ánimo para
enfrentar así la vida hasta el final.
Con la Comisión de Tecnología Educativa trabajamos al
menos una década y logramos abrir espacios de reflexión
académica entre personas y grupos muy heterogéneos,
lo que ciertamente fue enriquecedor para todos y creo que contribuyó
a la educación superior del país
Desde Comienzos de los años ochenta comenzamos a trabajar con
la red de universidades de CINDA que se mantiene plenamente vigente
hasta hoy, en lo que hemos denominado el Grupo Operativo de Universidades
Chilenas, en la cual participan 14 entidades del Consejo de Rectores.
De nuestro trabajo hay constancia en más de una docena de libros
que recogen la discusión y los aportes de estos años
de trabajo. No puedo dejar de mencionar a los muchos amigos y amigas
de la Universidad Austral de los cuales he aprendido tanto y que forman
parte de mi bagaje intelectual y afectivo. A ellos les debo mucho
a Marcos Urra, Alberto Cristoffanini, Ester Fecci, María Elena
San Martín , Rosa Eugenia Trumper, Hernán Peredo, Dolly
Lanfranco, Enzo Crovetto y Marcos Ruminot.
A mediados de los ochenta, también comenzamos a reunirnos con
Erwin Haverbeck y sus colaboradores cercanos para repensar la Universidad,
para crear opciones y generar propuestas. Pienso que algunos de los
logros que tuvo Erwin en su rectorado pueden haber surgido de ese
intercambio de ideas.
Algunos años después, estando en la rectoría
Manfred Max Neff y Germán Campos en la vicerrectoría,
me correspondió participar junto a Ernesto Shiefelbein y Gabriel
Castillo en un grupo liderado por Erwin Haverbeck y Marcos Urra para
plantear la reapertura de carreras de educación con una modalidad
diferente y renovada. Si bien no se logró llevar a cabo todas
nuestras propuestas, al menos sirvió para a repensar muchos
aspectos de la docencia universitaria.
Más recientemente participé como colaborador para implementar
el proceso de auto evaluación de la Facultad de Humanidades,
cuyo equipo de la Decanatura estaba formado en ese entonces por Carlos
Amtmann y Gladys Cepeda. Para mí, y creo que también
para la Facultad fue una experiencia muy exitosa, porque comprometió
a prácticamente a todos los académicos en un proceso
de cambio y mejoramiento. A todos y cada uno de ellos y ellas les
expreso hoy mi reconocimiento.
Este año finalmente, me ha tocado trabajar con los ingenieros
liderados por su Decano Fredy Ríos y el Prodecano Hugo Noriega
en un proceso de reforma curricular inspirado en el modelo de competencias.
Al mirar este recuento por los cuales se me han reconocido méritos,
se pueden dar cuenta que cada una de estas actividades refleja opciones
y tendencias que se han dado secuencialmente en la educación
superior chilena. Por eso, puedo decir que no son parte mi experiencia,
sino que también, forma parte de la historia y la tradición
cultural de la Universidad Austral.
Otra respuesta posible de porqué me dan a mí este reconocimiento
es porque efectivamente a lo largo de estos años he podido
hacer algunas contribuciones a la educación superior. Al analizarme
creo que mi principal contribución al desarrollo de la educación
superior en Chile ha sido mi papel de facilitador y de catalizador.
Realmente he sido un buscador de encuentros, un generador de enlaces,
un canalizador de voluntades un aunador de experiencias y un potenciador
de capacidades. Por tanto, debo compartir este reconocimiento que
hoy se me hace con tantas y tantos colegas con los cuales he tenido
la suerte y el privilegio de trabajar y que quizás muchos de
ellos se lo merecen más que yo.
Al recibir este premio en la memoria de don Jorge Millas Jiménez
no puede dejar pasar por alto la figura de este insigne académico
que nos legó un vasta y diversificada obra, tanto literaria
como académica, particularmente en el campo de la Filosofía.
No tengo los conocimientos necesarios para referirme con propiedad
ni a su poesía ni a sus escritos filosóficos, pero en
el tema de la Universidad también su obra es abundante y señera.
El "Discurso en la Facultad de Filosofía y Educación
de la Universidad de Chile", su obra sobre la "Democracia
y el Conocimiento" escritos a comienzos de los años setenta;
el texto sobre la "Situación Histórica de la Universidad
Contemporánea" de mediados de los setenta; y finalmente
su principal trabajo "Idea y Defensa de la Universidad",
publicado a comienzos de los años ochenta, recogen algunas
de sus ideas fundamentales sobre lo que debiera ser la universidad.
Su visión es profundamente humanista, donde destaca su respeto
por la individualidad y la libertad de las personas. Él rescata
al ser humano de las fuerzas impersonales de nuestra sociedad y piensa
que los seres humanos pueden ser testigo de su propia libertad, pero
sólo en referencia a otros. De ahí su aprehensión
por una entidad educativa masificada en que se pierde la individualidad.
Ciertamente estas ideas trasminan sus escritos sobre la universidad.
Una universidad marcada por la tradición de una entidad compleja
y comprometida con la generación y reproducción del
conocimiento
Al comparar la visión de Don Jorge Millas con la realidad actual,
nos encontramos con una situación muy diferente en que la denominación
de universidad se asigna también a tantas entidades de educación
superior focalizadas sólo en la docencia rutinaria y repetitiva
y, en algunos, casos más preocupadas de los aspectos económicos
que a los desafíos del saber.
Para él la universidad era un reflejo de la sociedad y la cultura.
Y la definía como una comunidad de maestros y estudiantes destinada
a la transmisión y el progreso del saber superior. Efectivamente,
la cultura actual ha permeado la universidad chilena actual y se ha
quebrado una tradición que venía desde la primera universidad
en el país en 1622 hasta la reforma de 1981. Este quiebre está
dado por el paso de una universidad comprometida con la sociedad y
el Estado Nación a otro modelo de universidad al servicio de
los que se ha denominado en lenguaje economicista como los clientes,
que son los estudiantes, sus familias, los empleadores y las empresas
que demandan servicios específicos. Sin dudas, la universidad
tanto pública como privada privilegia esas demandas por sobre
las demandas de la sociedad toda, las que a veces ni siquiera sabe
como expresarlas.
Pienso que la Universidad Actual requiere de una revisión profunda,
de un proceso de reingeniería como dirán mis colegas
ingenieros. En primer lugar, en definir un Norte claro, en establecer
su derrotero con una mirada social, fundamentada en los principios
éticos del tipo de sociedad que desde nuestra posición
universitaria queremos construir, que trascienda las peticiones interesadas
y, a veces mezquinas, de sus demandantes más directos.
Se requiere además tener una mirada de futuro, una visión
prospectiva de la demanda, que no se ajuste sólo a los que
los empleadores requieren, sino a la realidad que deberán enfrentar
sus egresados, quienes no deben llegar a servir a las empresas sino
a transformarlas. Debemos recoger la realidad que enfrentarán
nuestros egresados y egresadas de una inserción laboral difícil
donde la capacidad de autoempleo, con los consecuentes requerimientos
de creatividad, emprendibilidad y capacidad de gestión son
ineludibles
La cantidad y velocidad de cambio nos obliga a pensar en una educación
superior basada en la educación permanente y cíclica,
en que más que conocimientos aplicados se entreguen las herramientas
para la localización, selección, utilización
y evaluación de la casi infinita información disponible.
Debemos pensar en una universidad para la sociedad del conocimiento,
en que no basta con generar nuevos saberes, sino que debemos gestionarlos
para su pronta aplicación, pero no para cualquier aplicación
sino aquella que contribuya a la equidad y el bienestar de todos.
Tenemos que generar una universidad comprometida con los valores y
la cultura, que no signifique claudicar a nuestros principios por
demandas `presupuestarias pero que nos implica ser eficientes y responsables
en nuestro quehacer.
Una vez mas agradezco esta distinción, que como ya he dicho,
siento que debe ser compartida con muchos de ustedes mismos que han
sido responsables de lo que soy o represento en este momento.
Gracias.